¿Cómo funciona la inmunoterapia contra el cáncer?

Parte 2: inmunoterapia basada en vacunas

Diana Campillo Davó · 14-01-2021 10:00 · CEBE responde

En la primera entrada sobre la inmunoterapia contra el cáncer os hablé de cómo nuestro propio sistema inmunitario nos puede ayudar a combatirlo y de cuáles son las estrategias que se emplean para ayudar al sistema inmunitario y mejorarlo en esta lucha. En esta segunda entrada os voy a explicar las vacunas basadas en proteínas tumorales, o contra virus causantes de tumores.

Pero, antes de eso, ¿qué es una vacuna? Según la Organización Mundial de la Salud, una vacuna es:

cualquier preparación destinada a generar inmunidad contra una enfermedad estimulando la producción de anticuerpos. Puede tratarse, por ejemplo, de una suspensión de microorganismos muertos o atenuados, o de productos o derivados de microorganismos. El método más habitual para administrar las vacunas es la inyección, aunque algunas se administran con un vaporizador nasal u oral.”

Y, ¿cómo se aplica esto al cáncer? En primer lugar, existen dos grandes tipos de vacunas para el cáncer, las que ayudan a prevenirlo y las que ayudan a tratarlo una vez ha aparecido. Las vacunas que ayudan a prevenir el cáncer generalmente se centran en entrenar al sistema inmunitario para reconocer virus causantes de algunos tipos de tumores. Así, tenemos vacunas contra el virus del papiloma humano, que puede causar cáncer anal o cervical; o el virus de la hepatitis C, causante de cáncer de hígado. Este tipo de vacunas está compuesto por un antígeno que forma parte de la estructura del virus, de forma similar a las vacunas que se usan para tratar enfermedades infecciosas. Como ya comentamos en la entrada anterior, un antígeno es una molécula capaz de promover una reacción del sistema inmunitario, pero que, al ser sólo una parte del virus, no tiene la capacidad de producir una infección. Por lo tanto, cuando una persona es vacunada con estos antígenos virales, el sistema inmunitario los reconoce y “memoriza” esa información. De este modo, en futuros encuentros con el virus de verdad, nuestro sistema inmunitario es capaz de actuar rápidamente gracias a la información que guardó, eliminando así el virus. Un problema de este tipo de vacunas es la gran cantidad de poblaciones que puede haber de un mismo virus, dando lugar a variaciones en los antígenos que presentan. Algo parecido ocurre con la vacuna contra la gripe, que cada cierto tiempo debe ser reformulada para adaptarse a esos cambios.

En cuanto a las vacunas formadas por antígenos tumorales, en general, se basan en proteínas que sólo, o mayoritariamente, se expresan en células tumorales. Estas proteínas, o pequeños trozos de las mismas llamados péptidos, se usan de manera similar que los antígenos en las vacunas de virus causantes de cáncer: estaríamos de nuevo entrenando al sistema inmunitario a reconocer moléculas que están presentes en el tumor para que pueda reconocerlas y reaccionar cuando encuentre esas mismas moléculas en una célula cancerígena.

Una alternativa a este tipo de vacuna es usar unas células altamente especializadas del sistema inmunitario, llamadas células dendríticas. Estas células se encargan, de manera natural, de “presentar” cuerpos extraños a otros componentes del sistema inmunitario, como los linfocitos que vimos en la entrada anterior. En el tratamiento del cáncer, las células que pueden diferenciarse en células dendríticas son extraídas del paciente, cargadas con antígenos tumorales (mediante la adición exógena de péptidos o mediante modificación genética para que internamente expresen la proteína) y administradas al paciente. Así, el sistema inmunitario del paciente puede reconocer “como extraña” esa proteína que pertenece al tumor y activar la respuesta del sistema inmunitario frente a ella. El gran reto de este tipo de estrategias es encontrar proteínas que sólo se expresen en el tumor y no en las células normales. Nuestro sistema inmunitario está entrenado para “ignorar” los componentes celulares que pertenecen a nuestro propio cuerpo. Esto incluiría a proteínas que, aunque puedan expresarse en células tumorales en mayor medida, también se expresan en otros tejidos sanos. Si usamos esos antígenos “propios”, cabe la posibilidad de que nuestro cuerpo no los reconozca como extraños.

Para mejorar la eficacia de este tipo de inmunoterapia, las vacunas contra el cáncer se usan en combinación con adyuvantes. Los adyuvantes son compuestos que estimulan el sistema inmunitario y que mejoran la calidad y duración de la respuesta inmunitaria frente a un antígeno. Aunque quizás otras modalidades de inmunoterapia contra el cáncer se hayan impuesto a las vacunas de antígenos tumorales, este tipo de inmunoterapia sigue siendo una estrategia importante y útil para despertar a nuestro organismo y alertarle de la presencia de células tumorales.

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