El español: lengua para la ciencia

Gonzalo del Puerto - Jefe de Actividades Culturales, Instituto Cervantes en Bruselas | Head of Cultural Events, Institute Cervantes in Brussels · 26-04-2021 10:00 · Crónicas científicas

Para ocuparnos, de modo necesariamente sintético, del tema que propone el título, quizá sea útil comenzar citando algunos datos procedentes del Informe sobre el español del año 2020.

El español es la lengua materna de unos 500 millones de personas. Es también la tercera lengua más usada en internet, tras el inglés y el chino. Casi un 8% de los usuarios de internet lo hace en español.

Con respecto al uso del español en la ciencia, el español es la lengua en la que más textos de carácter científico se publican después del inglés, si bien únicamente el 4,3 % de la producción científica mundial tiene su origen en algún país de habla hispana. El 72 % de la producción científica en español se reparte entre tres áreas temáticas principales: ciencias sociales, ciencias médicas y artes y humanidades.

El hecho de que el inglés sea la lengua preferida por la comunidad científica actual para divulgar los resultados de sus investigaciones no quiere decir, sin embargo, que la producción científica de los países hispanohablantes sea reducida, sino, más bien, que gran parte de esta se publica hoy día en inglés. La concentración de la producción científica mundial en el ámbito angloparlante no refleja, no obstante, el alcance real del inglés como lengua vehicular para la comunicación científica. Esto se debe a que cada vez hay más publicaciones de carácter científico radicadas fuera del ámbito angloparlante que optan por publicar en esta lengua. Así, gran parte de las publicaciones académicas de los científicos que residen en países con una lengua oficial distinta del inglés se realizan directamente en este idioma incluso en sus países de origen.

Todo lo anterior ofrece un retrato conjunto que afina lo que ya sabemos sobre el papel predominante de la lengua inglesa, sin duda como lengua internacional o lingua franca de la ciencia.

Este fenómeno actual continúa la tendencia a la concentración de la producción de formas especializadas de conocimiento en lenguas francas, que generalmente refleja la preeminencia creadora, en un periodo de tiempo histórico dado, de las comunidades de investigación, por usar el término del matemático, lógico y filósofo norteamericano Charles. S. Peirce, en alguna de esas lenguas y la importancia de los corpus teóricos en ellas creados.

En el ámbito occidental, este fenómeno se ha dado en el pasado en el caso de las lenguas griega, latina y francesa, en las que han confluido, incluso, saberes generados o preservados en otras lenguas, como notoriamente es el caso del árabe y el hebrero. A su vez, lenguas como el castellano han tenido una influencia decisiva para la transmisión del conocimiento grecolatino en occidente al servir de lengua común a traductores de diversas lenguas. El caso más conocido en este sentido es el de la Escuela de Traductores de Toledo. Hombres de saber, como el filósofo y traductor segoviano, Domingo Gundisalvus, autor del De scientiis, el tratado altomedieval más influyente en Europa en cuanto a la clasificación de las ciencias y el Sevillano Juan Hispalense tradujeron, este del árabe al castellano y aquel del castellano al latín, las obras de los científicos, filósofos y matemáticos árabes, a su vez traductores y desarrolladores de la ciencias formales y naturales, así como de la filosofía, griegas. También desde el punto del español, nuestra lengua ha sido pionera en la aparición de obras científicas, siendo el caso de la Gramática de Nebrija el caso más notorio entre las lenguas romances europeas.

En todo caso, sin el latín la obra del Doctor Laguna o la del movimiento científico español del renacimiento, no habría tenido influencia ninguna en la pluralidad de comunidades de investigadores de su tiempo. Y lo mismo cabe decir, con respecto al francés, prevalente como lengua de la ciencia desde el siglo XVIII hasta principios del XX, de modo que, si no hubiese escrito lo más influyente de sus obras en esa lengua, las ideas de Ramón y Cajal no podrían haber influido en las ciencias de su tiempo como lo hicieron, ni las de Severo Ochoa, si no hubiese optado por el inglés.

Si bien todo lo anterior es válido con respecto a las ciencias en general, no debe dejar de decirse que, incluso en periodos de preponderancia de las diversas linguas francas, ha habido casos de ciencias particulares escritas en lenguas que no eran lenguas francas, que han leídas por lectores no nativos de aquéllas, incluyendo el alemán en las ciencias médicas y la química del siglo XIX y XX y el propio español como lengua de varias ramas de las ciencias sociales y las humanidades desde el siglo XIX.

En vista de todo ello, existe un consenso entre científicos, lingüistas y responsables de la toma de decisiones en el ámbito de políticas estatales correspondientes, de que la actual prioridad dada a la diplomacia científica en su ámbito propio y en el más general de la política cultural, de que es necesario seguir desarrollando iniciativas (a simple título de ejemplo, el Corpus Iberia) que fomentan la normalización o estandarización del español en su uso científico, de cara tanto a las diversas comunidades de investigadores del ámbito hispanohablante, como a la traducción, a la difusión de la ciencia para el público general y la promoción del estudio de la lengua española en el marco de la formación universitaria de extranjeros que estudian y trabajan en los diferentes centros superiores de España, modelo que servirá a su vez para enriquecer los contenidos científicos de los acuerdos de cooperación cultural que España ha ido firmando en tiempos recientes con entidades estatales hermanas de toda la América de lengua española, de entre los que cabe destacar en reciente CANOA, del que el Instituto Cervantes es parte signataria.

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